ENRICO CARUSO

ENRICO CARUSO

sábado, 9 de marzo de 2013

Esteban Pérez Algado


¡”Caruso”… Canta “Granada”! ¡”Caruso”… Canta “Violetas Imperiales”! Se llamaba Esteban Pérez Algado y había nacido en la Nochebuena de 1930. Sin duda, el turrón de Alicante y las peladillas habrían de quedar impresas en su personalidad y en su figura, a tenor de la maltrecha dentadura en la que sobresalían, con orgullo, los huecos descarnados –y descarados- que antaño ocupaban dientes blancos como perlas. “Vestía según el devenir de las estaciones, pasando de la camisa de manga corta al chaleco de cuadros escoceses, y de la banda de “Bellea del Foc” a la pajarita roja de payaso de circo”. No obstante, había algo que nunca mutaba: la enorme colección de medallas que portaba en su desaliñada chaqueta. D. Tirso Marín también habló de tan insigne personaje, haciendo hincapié en “la aguardentosa voz que le hizo popular, llenando las calles de Alicante entre las décadas cincuenta, sesenta y setenta.” “Chiquito de las Carolinas”, se hacía llamar con satisfacción. Y es que aquel siempre fue su barrio… la zona más querida de su ciudad. Nuestros padres y abuelos aún lo recuerdan paseando por la Explanada de España, creyéndose capaz de fundir los plomos de las cafeterías con sus tonos agudos y cantando las mismas estrofas de “Granada”: “carraspeaba para llamar la atención, se abría la chaqueta con ademán hollywoodiense, pasaba la mano derecha por el mentón, volvía a mondar la garganta, inspiraba con fuerza”… y allá que soltaba un grito como alma que se lleva el demonio. “¡Grrrrrrrrrrranadaaaaaaaaa!”. Y el sumun de su orgullo llegaba cuando el complaciente camarero desconectaba adrede el interruptor de la luz, y le decía con cariño: “¡Xe, Caruso…ya nos hemos quedado a oscuras por tu culpa!” Esteban era un hombre afable y bonachón, en el sentido más amplio de esas acepciones. Incapaz de molestar a nadie, sí tuvo, en cambio, que lidiar con aquellos cuya valentía consistía en arremeter contra los más desfavorecidos. “Tenía una deficiencia que reducía su capacidad a la de un niño de corta edad”. Algunos lo sabían, y por ello le insultaban: “¡Caruso… muerde con los dientes hierros colaos!”. Sin embargo, la gran mayoría de alicantinos le adoraban y eran benévolos con él, pues les maravillaba darle la mano, oírle –mal- cantar o, simplemente, sentir su presencia, tierna y cariñosa. Dicen diversas lenguas –en este caso, ni buenas ni malas- que su pasión por el Bel Canto le sobrevino durante el Servicio Militar. “Un día, celebrando la festividad del Cuerpo de Ingenieros, se organizó una velada y él subió al escenario. Al escuchar su voz dantesca, algunos compañeros le gastaron la broma de “¡Míralo…Igualito que Enrico Caruso!” y desde entonces se sintió cantante”. Verdad o mentira, lo hermoso del chascarrillo es esperar a que algún día la historia de Alicante dicte sentencia al respecto. Por último, restan sus medallas. Decenas, docenas, centenares, miles… Nadie sabe a ciencia cierta de dónde las sacaba. “Gruesas, enjutas, voluminosas, redondas, doradas, plateadas… siempre colgando de llamativas cintas”. Algunos creen que se las regalaban sus propios espectadores, emulando en forma de chapa las ofrendas florales que, bajo las bambalinas, ofrecían al verdadero Caruso italiano en “La Scalla” de Milán. Y medalla que le daban… medalla que él se ponía, “sin importarle que fuera de la Santa Faz, del Real Madrid, castrense, religiosa, fascista o de la Cara-Cola (Coca-Cola)”. La cuestión era lucir los presentes de un gran público, entregado a su voz. Es, con permiso de D. José Luis Lassaletta, el personaje ilustre más representado en nuestras fiestas oficiales, siempre en forma de ninot. Tanto fue su renombre popular, que el gran mestro D. Pedro Soriano, le creó un grupo escultórico casi mágico para la foguera Plaza del Ayuntamiento de 1980, ganando la votación popular de “Ninot Indultat”. “El día del reparto de premios en la Explanada, “Caruso” estaba por allí casualmente. El Alcalde Lassaletta decidió entregarle en persona, con dulzura, el banderín correspondiente al premio. Pero caramba… el bueno de Esteban no sabía que el Caudillo había muerto tiempo ha, y allá que se puso frente al primer Alcalde democrático de nuestra ciudad, firme y con el brazo en alto, pensando que era un edil del Antiguo Régimen”. Después, sin perder la compostura, se marchó entonando un “tierra soñada por mi”. ¡Grande, Caruso! Esteban Pérez Algado moriría a finales de enero de 1993. “Un cáncer lo llevó hasta una Residencia, su última morada”. Allí tampoco dejó de cantar, ni siquiera en aquellos terribles momentos. “Dos días antes de fallecer, aún seguía entonando “Granada” a sus enfermeras”. Eso sí… con su misma voz quebrada y andrajosa. Y es que “Caruso” fue grande hasta el final. El estruendo, algarabía y rudeza de su voz de hojalata en vida, contrastaba con el gran silencio de su último adiós, apenas roto por el sollozo de los familiares y amigos que le cuidaron siempre. Él fue el último y más brillante personaje pintoresco y esperpéntico de Alicante… pero duele mucho aceptarlo. Al menos, no queremos aceptarlo.